No son moribundos, son seres que van a trascender
En nuestra sociedad, las palabras tienen un peso profundo, especialmente cuando se trata de nombrar los procesos más sagrados de la existencia. Uno de ellos, quizá el más temido y a la vez el más inevitable, es el momento de la partida: la muerte. Pero ¿cómo la nombramos? ¿Cómo nos referimos a quienes se encuentran transitando ese umbral?
Con demasiada frecuencia, escuchamos el término moribundo para hablar de aquellas personas que están por dejar este plano. Y aunque su uso está socialmente aceptado, es necesario detenernos un momento y cuestionar:
¿Qué energía lleva esa palabra? ¿Qué visión del ser humano refleja?
✨ El poder del lenguaje
Las palabras no solo describen, también crean realidades. Nombrar a alguien como moribundo puede reducir su existencia a un estado físico en decadencia, como si ya no quedara nada por vivir, como si su presencia fuese solo una espera pasiva hacia el final.
Pero quienes trabajamos acompañando a personas en procesos de final de vida sabemos que el alma sigue presente, lúcida, activa, incluso cuando el cuerpo empieza a apagarse. Hay emociones, miradas, silencios, cierres, y a menudo una profunda sabiduría que se revela justo antes de partir.
Llamar moribundo a un ser humano en ese estado es, de alguna forma, despojarlo de su dignidad trascendente. Es poner el foco solo en la muerte biológica, sin honrar el misterio de lo que está sucediendo realmente: una transformación sagrada.

¿Qué pasaría si, en lugar de decir “moribundo”, dijéramos “persona en tránsito”?
¿Y si habláramos de “proceso de trascendencia” en lugar de “agonía”?
¿Y si nombráramos ese momento como “retorno al origen” o “cruce al otro lado”, en vez de “muerte inminente”?
Este no es solo un cambio poético. Es un cambio de conciencia.
Es reconocer que el final de la vida no es una derrota, sino una parte esencial del viaje del alma.
🕊️ Humanizar la despedida
Cuando nombramos con respeto, también acompañamos con respeto. Cambiar el lenguaje no es maquillar la realidad, sino abrazarla desde un lugar más humano, más amoroso y más compasivo.
Quien está por trascender merece ser tratado como el ser completo que es: con historia, con vínculos, con propósito. Merece que honremos su experiencia y que sostengamos ese momento con la misma ternura con la que acompañaríamos un nacimiento.
Porque sí, la muerte también es un nacimiento. Uno hacia otra forma de existencia.
🌌 Que nunca nos falte el cuidado en la palabra.
Porque en ella también se juega el alma del acompañamiento.

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